Un Mundo Feliz: De la ficción a la realidad

Aldous Huxley (1894-1963) publicó en 1932 su novela Un Mundo Feliz, en el que describe una sociedad bajo un régimen dictatorial  perfectamente estructurada en clases sociales (Alfa, Beta, Delta, Gamma y Épsilon) y sin que nadie sea consciente de ello. La clase Alfa disfruta de los máximos privilegios mientras que la Épsilon es la que realiza los trabajos más duros. Todos han sido condicionados desde la gestación “in vitro” (hay que tener en cuenta que en 1978 nace la primera persona con esta técnica). Se les enseña a ser felices realizando la función para la que han sido condicionados por muy dura o desagradable que fuese y, rechazar cualquier otra. Así un trabajador de “pico y pala” no desearía nunca un trabajo más cómodo o de “oficina” y este, a su vez,  rechazaría otro de superior categoría. El mantenimiento y refuerzo de la conciencia de clase se hace a través del soma (una especie de droga) y del sexo sin límites. 

Al contrario del planteamiento de George Orwell (1903-1950) en su obra 1984 (publicada en 1949), en la que la dictadura impone por métodos violentos las funciones de las clases, en Un mundo Feliz todos están conformes con su roll social disfrutando de los placeres que les proporcionan el sexo y el soma que inhiben el ejercicio intelectual y las libertades de elección y expresión.

Tanto Huxley como Orwell nos representan una sociedad distópica mediante dos paradigmas opuestos de los que la humanidad ha tenido conocidas muestras como el movimiento Hippie de los años 60 en Estados Unidos por un lado y las dictaduras  soviética Rusa, la China o Corea del Norte, por el otro.

Quince años después de la primera edición Huxley añadió un prólogo a su obra en el que, además de hacer autocrítica, formulaba una serie de reflexiones a mi juicio muy interesantes:

“La ciencia y la tecnología serían empleadas como si hubiesen sido creadas para el hombre, y no (como en la actualidad) el hombre debiera adaptarse y esclavizarse a ellas. La religión sería la búsqueda consciente e inteligente del Fin Último del hombre… Y la filosofía de la vida que prevalecería sería una especie de Alto Utilitarismo, en el cual el principio de la Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin Último, de modo que la primera pregunta a formular y contestar en toda contingencia de la vida sería: «¿Hasta qué punto este pensamiento o esta acción contribuye o se interfiere con el logro, por mi parte y por parte del mayor número posible de otros Individuos, del Fin Último del hombre?»”.

Da mucho que pensar este comentario si adaptamos las expresiones empleadas: “Alto Utilitarismo”, “Máxima Felicidad” o “Fin Último”. Definir un Fin Último, como por ejemplo la Conservación de la Especie Humana, para que una nueva ética (Alto Utilitarismo) creado por algún Órgano Internacional, limitara o prohibiera nuestra natural tendencia y actividades para alcanzar la Máxima Felicidad, supeditándolas siempre a ese fin preestablecido.

Fuente: El Dilema de las Redes

En nuestros días el desprestigio de la filosofía y la desinformación han diluido o desvanecido el concepto de Fin Último del Hombre haciendo que prevalezca el principio de Máxima Felicidad sin supeditarlo o limitarlo a ningún otro:  El placer del consumo prevalece frente al principio de Conservación de la especie  o de la Naturaleza como nos muestra el cambio climático.

Más adelante en su prólogo Huxley apuntala:

El tema de Un mundo feliz no es el progreso de la ciencia en cuanto afecta a los individuos humanos. Los logros de la física, la química y la mecánica se dan, tácitamente, por sobreentendidos. Los únicos progresos científicos que se describen específicamente son los que entrañan la aplicación a los seres humanos de los resultados de la futura investigación en biología, psicología y fisiología.”

En nuestros días la tecnología, en el sentido que señala Huxley, ha cambiado nuestras vidas en muchos e importantes aspectos. Los progresos en la física, química y mecánica han modificado drásticamente nuestros hábitos alimenticios, nuestras comodidades domésticas y nuestra movilidad. La evolución del transporte nos da acceso a productos de cualquier parte del mondo. La industria alimentaria elabora alimentos procesados de fácil preparación. Los electrodomésticos nos facilitan enormemente las labores domésticas y la industria del automóvil y la aeronáutica nos proporcionan los  medios que nos permiten desplazar por todo el planeta. Por tierra, mar o aire hoy podemos visitar cualquier lugar del mundo. Y todo ello a precios BARATOS y accesibles para mucha gente.

Pero con la llegada de Internet y todas sus aplicaciones (Google, Amazon, WhatsApp, Facebook, etc., etc.) podemos “visitar” y relacionarnos e interactuar con cualquiera en cualquier parte del mundo. Se habla de una economía global, un comercio global, una “aldea global”, porque cuando nos conectamos a la “red” y establecemos una conexión, la ubicación física del dispositivo o persona que nos responde es totalmente irrelevante. Y todo esto absolutamente GRATIS!!!.

Hace mucho tiempo que escuché un viejo refrán británico: “people give nothing for nothing” (nadie da nada por nada), y efectivamente la “red” no es gratis. Un gran parte de nuestras comunicaciones pasan o son controladas desde un lugar del mundo al que alguien ha llamado Silicon Valley.  El Gran Hermano son hoy esas grandes multinacionales que conocen  y manejan nuestras debilidades humanas y esto sí que enlaza con el fondo de Un Mundo Feliz.

Del Stanford Persuasive Technology Lab,  han salido muchos de los altos ejecutivos de esas grandes multinacionales encargados del empleo de tecnologías avanzadas de la psicología del comportamiento.  B.J. Fogg que imparte allí seminarios sobre la tecnología Persuasiva señala:

Si visita Facebook compulsivamente, no está solo, y su comportamiento no es casual”

“Facebook saca provecho de nuestra necesidad de pertenecer a un grupo”

Podemos intercambiar Facebook por WhatsApp, Twitter, Amazon, Google, Instagram, YouTube, entre otras, con el mismo argumento y encontraremos el origen del éxito de ese gran cerebro basado en la Inteligencia Artificial que crea algoritmos para analizar nuestro comportamiento, captarnos y modificar o inducir nuestro comportamiento de forma adictiva.

La felicidad viene de la mano de la facilidad de satisfacer los deseos que esas mismas aplicaciones nos han creado. Somos felices en la medida que tenemos un móvil en la mano, hoy nuestro soma,  que nos permite poner un mensaje, una foto o un video en internet y compartirlo con otros. La felicidad se completa con los “me gusta” que recibimos que refuerzan nuestros vínculos con otros a los que ni siquiera conocemos físicamente. Al mismo tiempo esta recompensa nos mantiene psicológicamente atados y pendientes a nuestro dispositivo que nos cambia nuestra realidad vital por la de un mundo virtual y que cabe en la palma de la mano. Somos felices así y no necesitamos mucho más. Algo de sexo y amistades con las que hablar de vez en cuando. No es necesario pensar reflexionar, leer grandes obras literarias, ni realizar grandes tareas y aunque alguna vez nos veamos obligados a hacer cosas que no nos resultan placenteras. Al final, encontraremos nuevamente nuestro refugio en la “red”.

Nuestra clase Alfa la constituyen hoy las empresas propietarias de esos supercomputadores que contienen ingentes cantidades de datos (Big Data)  y que son procesados mediante algoritmos basados en la tecnología de la persuasión y la que condicionan o influyen en nuestros gustos, aficiones y conductas.  El resto de las clases son las que la Web y las redes sociales irán formando por condicionamiento de la conducta esas supercomputadoras y el grado de dependencia que en cada uno de nosotros creen.

Volviendo a Fogg:

“La web no se basa en la información sino en la influencia”.

Pero esto es un detalle que ya a nadie le interesa. Incluso si lo intuimos, tenemos la esperanza que “algunismo” lo resolverá: Alguien, en algún momento inventará algún procedimiento para que algunos eviten lo que ahora parece inevitable.

Mientras tanto: ¿tú a qué clase perteneces?

Publicado por JuanL Roje

Doctor Ciencias Físicas, exprofesor Titular de Universidad

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