El examen

Y allí estaba yo, preguntándome continuamente si merecía la pena. Lo que iba a hacer no era imprescindible y, por el contrario, me había supuesto un enorme esfuerzo preparar y ahora un gran stress. Podía haberlo realizado ocho años antes pero probablemente era mi inconsciente el que razonaba la inutilidad de aquella prueba y me impulsaba a esquivarla. Mis padres no lo habían pasado nunca y no les impidió disfrutar de una vida “normal”.

Yo había optado por un trabajo digno después de los estudios de Formación Profesional y pocas veces sentí necesidad de pasar aquel examen que en mi país era una opción, a partir de los 17 años, a la que anualmente podían presentarse todos los que aún no lo hubieran hecho. Pero el motivo por el que yo estaba allí en cierto modo era contradictorio. Así que tras muchos debates internos, finalmente, me había decidido.

En el encabezamiento se leía: Examen de Conocimiento, Razonamiento y Pensamiento Crítico. Era un examen largo y constaba de varias partes con varios formularios que debía desarrollar a lo largo de todo un día: Filosofía argumental y Psicología de la Captabilidad, Derechos Sociales y Política.

“¿Qué es el Derecho Civil y el derecho Penal? ¿En qué casos se aplica uno u otro?” Y me mostraban una serie de ejemplos: hurto, robo, fraude, saltar un semáforo, etc.

Defina y defienda los motivos por los que debería Ud. votar una opción política de izquierdas”. ¡Vaya pregunta! Yo que he nacido y vivido en esa opción no debería tener ninguna duda. Sin embargo, los planteamientos del examen me hicieron dudar de mi evidencia. Sabía que en otras pruebas sustituían el término izquierdas por derechas lo cual me hacía intuir que lo verdaderamente importante no era la opción política sino los motivos y su defensa.

Y seguían con un sinfín de cuestiones sobre asuntos muy diversos y en ocasiones ambiguos. No existía ni programa ni una plantilla de preguntas con respuestas y tanto podía valer una opción como la contraria con tal que estuviera bien razonada. La verdad que esto era una gran exigencia pues requería reflexionar y expresar claramente las ideas.

Pasó una larga semana con días y horas interminables. Al fin un cartero llamó a mi puerta y haciéndome firmar el acude de recibo, me entregó un sobre. En él un diploma que bajo una serie escudos y emblemas decía:

“…. ha sido declarado Ciudadano Libre para el ejercicio y plenos derechos de los bienes que la constitución establece”.

Sentí una enorme alegría y satisfacción.  No porque estuviera interesado por el acceso a la educación superior o a la propiedad que aquel papel me otorgaba, sino porque, a partir de ahora, podría votar y sentir que ayudaría a cambiar el destino de mi país.

Enlaces de interés:

https://www.technologyreview.es/s/1468/sacando-provecho-del-poder-de-la-persuasion

Publicado por JuanL Roje

Doctor Ciencias Físicas, exprofesor Titular de Universidad

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