En mi opinión…

Todos pensamos que poseemos la razón y nuestras ideas nacen del sentido común que nos asiste y las justifica. Con facilidad encontramos todo tipo de pruebas que convierten nuestros argumentos en algo evidente.

Algo que los hace irrefutables son la vehemencia y el tono alto de voz con los que los defendamos. Estos son los signos definitivos que consideramos convierten en contundentes e indiscutibles nuestras tesis. Lo tenemos tan claro que cualquiera que las cuestione o, incluso las contradiga, lo situamos entre equivocado y enemigo según nuestra afinidad con el oponente.

Frecuentemente (nos)escuchamos: “¡qué tonterías dices!”- (y otra gran variedad de expresiones mucho más procaces) – como si su interlocutor hubiera cometido o dicho un grave disparate.  Otro recurso empleado es deslegitimizar al adversario mediante la ironía, ridiculizándole, o calificándole de radical, populista, fascista, beato, antiguo… por poner algunos ejemplos.

No es que uno no pueda defender lo que le parezca oportuno y cuestionar otros puntos de vista, sino que no respete lo que piensen otros y, cuando esto no basta, lo agreda mediante la descalificación o el insulto. Esta descalificación es realmente el problema. Y este escenario se repite en todos los ámbitos de nuestra vida: en nuestro hogar, en nuestro trabajo, con nuestros amigos y, por supuesto, en el debate político.

En democracia, las ideas se ponen en práctica cuando un mayor número de personas los apoyan mediante el voto. La democracia precisamente se basa en eso: Tu fuerza es tu voto, dicen algunos eslóganes. Pero tener la mayoría de voto no valida tu pensamiento ni invalida el de tu oponente. Esa mayoría es una instantánea. Ahora tienes más votos y gobiernas con tus principios e ideas, pero piensa que mañana podrás tener menos y te gobernará tu adversario político con la misma legitimidad, por lo que, cuando no hay posibilidad de llegar a un acuerdo, el respeto a las minorías debe incluirse en cualquier acción de gobierno.

Las palabras claves que, a mi entender, están ausentes en nuestra educación y que deberíamos usar todos con la misma frecuencia que el “buenos días” o “muchas gracias” son: “en mi opinión” o su equivalente: “a mi entender” y sus variantes. Pero ni nuestros padres, ni profesores y mucho menos “sus señorías” nos han enseñado ni nos enseñan a usarlas.

Publicado por JuanL Roje

Doctor Ciencias Físicas, exprofesor Titular de Universidad

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