Las secuelas de lo inevitable

El fatalismo del porvenir es algo con lo que convivimos habitualmente. Muchos piensan que sucederá lo que tenga que suceder sin que nuestra voluntad pueda evitarlo y esa creencia, muy extendida en nuestro país, nos permite eludir cualquier responsabilidad sobre nuestro futuro.

Convivir con el fatalismo y la resignación es una molestia que soportamos porque la alternativa es mucho peor: el esfuerzo y la constancia. Luchar por mejorar nuestro futuro tanto personal como social supone un esfuerzo frente a dudosos beneficios. Por eso, la llamada “cultura del esfuerzo” tiene tantos detractores como afiliados tiene la del ocio y los placeres inmediatos.

Estudiar hoy para poder trabajar mañana es enfrentar una dura realidad inmediata a un dudoso y remoto beneficio. Ahorrar hoy para un futuro mejor y tranquilo es enfrentar el sacrificio real al beneficio ideal.

Nuestro comportamiento colectivo tiene, además de esa componente fatalista, la excusa de “los demás”. Son los actos de los demás los que justifican lo que hacemos individualmente. Exprimir los recursos de nuestra naturaleza nos permite disfrutarla sin restricciones ni preocupaciones. Los problemas de que este placer tenga continuidad en el tiempo se lo trasferimos a las siguientes generaciones con el siguiente tranquilizador mensaje: Que la tecnología y la ciencia te amparen.

La herencia que la humanidad deja se diferencia de las herencias que recibimos de nuestros padres o parientes, en que cuando lo que nos dejan son deudas podemos renunciar a ellas, pero nuestro hijos y nietos no podrán hacerlo del planeta que les leguemos.

Responsabilidad, dura palabra a la que recurrimos como una exigencia hacia los demás, porque exigimos que sean otros los que asuman deberes u obligaciones.  Esa palabra se ha puesto especialmente de moda aplicada al confinamiento y a la conducta aconsejada durante la pandemia para evitar muy graves situaciones y consecuencias desastrosas. Pese a ello vemos el comportamiento poco responsable de muchos ciudadanos recreándose en actividades, reuniones e, incluso, fiestas nada recomendables pese a las peticiones y normas que razonablemente se dictan.

Nuestra cultura de la predestinación nos lleva a disfrutar hoy porque el mañana lo establecerá el destino que ya está escrito, y cuando ese mañana llegue, buscaremos la excusa para eludir toda nuestra responsabilidad y participación en sus consecuencias.

No estamos educados para asumir preventivamente ninguna responsabilidad y lo que pasa hoy no es más que las secuelas de lo inevitable.

Publicado por JuanL Roje

Doctor Ciencias Físicas, exprofesor Titular de Universidad

2 comentarios sobre “Las secuelas de lo inevitable

  1. No estamos preparados para asumir responsabilidades no sólo de manera preventiva sino tampoco de manera activa, en el momento del suceso. Y no solo a título personal sino también político.
    No obstante, para que aprendamos parece que tiene que haber algún tipo de catástrofe y eso es lo que nos hace reaccionar.

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